San Francisco: poeta de la paz

TEODARDO

En el año internacional de la paz es justo recordar a Francisco de Asís, uno de los hombres que más trabajó por ello y que la vivió intensamente. No para buscar honores y gloria en los foros internacionales, sino para demostrar que los hijos de Dios sí pueden lograrla, si se lo proponen sinceramente. La vida del santo fue el mejor testimonio de lo que afirmamos.

Según el escritor británico Gilbert Keith Chesterton, San Francisco fue: "el único demócrata del mundo completamente sincero". Quizás por eso la paz que él predicó, que salía "de adentro", que era auténtica, que informaba toda su vitalidad, caló en el pueblo. Quizás por eso penetró en el corazón de los pobres y los oprimidos. Quizás por eso se difundió durante los años posteriores a su muerte, ocurrida hace 760 años, y sigue entre nosotros a través de los hombres de buena voluntad.

La ocasión es propicia para recordar a otro amigo de la paz, el filósofo y matemático inglés Bertrand Russell, quien escribió: "En cuanto a santidad, Francisco ha tenido iguales; lo que lo hace único entre los santos es su felicidad espontánea, su amor universal y sus dotes de poeta. Su bondad aparece siempre desprovista de esfuerzo, como si no tuviera ninguna impureza que vencer. Amaba a todos los seres vivientes, no sólo como un cristiano o un hombre benévolo, sino como un poeta". En efecto, San Francisco en su "Cántico de las criaturas", compuesto cuando estaba enfermo en San Damián, un mes antes de su muerte, nos deleita con ese indefinible encanto de que son capaces las almas sensibles, tiernas, amables, de los poetas de la paz. Porque sin duda hizo falta tener todo el amor del mundo, toda la paz interior que puede albergar el espíritu y todas las ganas de liquidar la guerra, el dolor y la opresión, para alabar a Dios en la forma como lo hizo Francisco.

Al releer algunos versos del "Cántico de las criaturas" a nosotros, insensatos de la violencia, ambiciosos de poder y de gloria, necios de la vanidad y de las riquezas, sólo nos queda llorar de alegría y sentirnos unidos fraternalmente a todos los pobladores del planeta con un propósito universal: forjar un mundo mejor a través de la paz.

"...Alabado seas, Señor, con todas las criaturas,

especialmente mi señor el hermano sol,

que hace el día, y por él nos iluminas.

Y él es bello, y radiante, con gran esplendor;

de ti, Altísimo, lleva la significación.

Alabado seas, Señor, por la hermana luna y las estrellas,

en el cielo las hiciste claras y preciosas y bellas..."

Al reflexionar sobre la distancia infinita que nos separa nuestro egoísmo del ideal franciscano y la ceguera que no nos deja ver el bello mensaje que nos regaló el poeta de la paz, sólo nos queda besar sus sandalias y decirle, humildemente, como si fuéramos uno de sus seguidores: " Paz y bien, hermano Francisco".

Publicado en EL NACIONAL, el 07-10-86, pág. A-4