¿Mujeres sacerdotes?

TEODARDO

Desde que Dios creó la primera mujer de una costilla del primer hombre, se establecieron las reglas del juego de la relación jerárquica entre los sexos: El hombre manda y la mujer obedece. Después del primer pecado la primera pareja humana fue expulsada del Paraíso. Desde ese momento Adán tuvo que salir a trabajar para ganarse el pan con el sudor de su frente. Eva, en cambio, atendió a los quehaceres propios de su naturaleza, se quedó en casa cuidando a los niños, cocinando, lavando y planchando la ropa de su marido, que, dicho sea de paso, antes de pecar no tenía que hacerlo pues andaban en cueros. Era la subordinación natural que el Creador quiso instituir cuando, según el Génesis, les dijo: "Creced y multiplicaos". Así eran las cosas en el primer siglo de la raza humana.

Ahora, para sorpresa de muchos, resulta que en el Sínodo extraordinario de obispos, convocado por el Papa para revisar las reformas del Concilio Vaticano II, algunas mujeres protestaron porque se creen con derecho a ordenarse sacerdotes, igual que los hombres. ¡Habráse visto tamaña pretensión! ¿Qué es lo que se han creído estas hijas de Eva? Los obispos deben ponerse los pantalones y decirles a estas damas que aspiran al sacerdocio que se dejen de embrollar las cosas. Que se lean el Antiguo Testamento. Y si no les convence que consulten la primera carta que San Pablo le escribió a Timoteo, de la cual transcribo un párrafo revelador: "Las mujeres escuchen en silencio las instrucciones con entera sumisión. Pues no permito a la mujer el hacer de doctora, ni tomar autoridad sobre el marido: más estése callada, ya que Adán fue formado el primero, y después Eva como inferior, y además Adán no fue engañado, más la mujer engañada por la serpiente, fue causa de la prevaricación del hombre. Verdad es se salvará por medio de la buena crianza de los hijos, si persevera en la fe, y en la caridad, en santa y arreglada vida".

Si no les basta las citas bíblicas habrá que exhortarlas a abandonar tan descabellada idea, recordándoles que hay una razón práctica, de carácter biológico, que les impide ejercer el sagrado ministerio. Me refiero a que sólo las mujeres pueden salir embarazadas. Se imagina usted, amigo lector, la sampablera que se armaría si una sale en estado. Sería un riesgo innecesario que la Iglesia no tiene porqué correr.

Vamos a volver a nuestro origen. Vamos a respetar lo que Dios decidió hace más de dos millones de años: Por encima del hombre está el Creador y por encima de la mujer está el varón. No vayamos a permitir que se cambien cosas tan fundamentales por caprichos femeninos. Cada quien en su lugar. Como debe ser.

Publicado en EL NACIONAL, el 10-12-85 pág. A-6