Desde que Anorexia quedó huérfana, a los dos
años de edad, la supersticiosa tía Petronila se hizo cargo de ella.
Cuando fueron a avisarle que la patrulla la estaba esperando para
llevársela presa por homicidio, Anorexia estalló en llanto, agarró la pecera con rabia
y la batió contra la pared. Los pocos peces que quedaban con vida, saltaron al piso de
cemento y al poco rato murieron con las bocas abiertas. Anorexia se fue a su cuarto, se
puso el vestido que su tía le había regalado para celebrar sus quince años, y salió a
entregarse a la policía. Al verla en la patrulla, el viejo boticario comentó:
- ¿Por qué se la llevan? Esa muchacha nunca le hizo daño a nadie .
- ¡Esa es una bruja!, gritó con furia el sacristán.
- ¿De qué se le acusa?, inquirió el anciano.
- Oiga viejo, esa joven, ahí donde usted la ve, no es ninguna mosquita muerta, esa es
hija de Mandinga.
- ¿Por qué lo dice usted?, ¿qué fue lo que hizo?
- Mire, se lo voy a contar para que no siga preguntando pendejadas: el Viernes Santo,
Anorexia se llevó a su tía al muelle de San Antonio del Golfo y la empujó al mar.
Petronila, quien estaba convencida de sus creencias, enseguida se transformó en un
diminuto pez. La sobrina colocó a su tía en un frasco bocón, con agua salada, la trajo
para su casa y la metió en la pecera. Ahí vivió algunas horas hasta que murió
asfixiada.
- Pero - comentó el boticario, - no fue culpa de la jovencita, más bien ella trató de
conservarla en su pecera...
- ¡Claro que fue su culpa! Anorexia sabía muy bien que el que se baña en el mar el
Viernes Santo, se convierte en pescado...