Guaripete
TEODARDO
Guaripete murió sin dejar testamento. Mañana lo entierran. Después del cementerio todos querrán apropiarse de sus pertenencias. Más de uno alegará ser sobrino del difunto. Los parientes abundan cuando muere alguien que se supone ha dejado fortuna y no tiene herederos legales que la reclamen. Guaripete era hombre de bien. Pescador de oficio. Gran jugador de truco. Casi no comía. Era flaco como un tajalí. Siempre vivió solo. En el pueblo, unos dicen que dejó una botijuela llena de morocotas enterrada en el patio de su casa, detrás de una mata de cautaro. Otros aseguran que no dejó nada, que todo lo que ganó con su trabajo lo perdió en las peleas de gallos.
Después del entierro todos fueron a registrar la casa del muerto a ver qué se llevaban. En la salita encontraron un juego de paleta, un porrón con flores artificiales y un retrato de la madre de Guaripete. En el cuarto, cerca del catre, encima de un viejo taburete, había un juego de barajas españolas y un sobre cerrado. Juancho se persignó, lo tomó en sus manos, miró a todos los que le rodeaban como pidiendo permiso, y con mucha parsimonia lo abrió. Adentro había una estampita de la Virgen del Valle y un pedazo de papel de estraza, doblado en cuatro, gastado por el tiempo, en el que, con bastante dificultad, se leía: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Mateo V,3"
Publicado en EL NACIONAL, el 28-07-88, pág. A-4