Francisco de Achaguas

TEODARDO

A pesar de la rugosidad de su piel y de haber conocido tanta basura de su misma raza, Francisco seguía creyendo en el hombre. Igual que su tocayo de Asís. Hermano de las yerbas del camino, de las babas, de las paraulatas, de la lluvia y el viento. Llevaba por dentro un torrente de bondad del tamaño del Arauca crecido.

Al lado del anciano todos experimentaban una sublime sensación de bienestar. Especie de nirvana o de aproximación al espacio divino. A veces parecía una garza en pleno vuelo hacia el infinito. Otras, era un araguaney, erguido, bello, florido, vestido de gala, como pincelada amarilla entre los verdes cujíes. En sus adentros, el viejo campesino siempre pensó que las emociones hay que sembrarlas para que echen raíces, crezcan y den frutos. Como las semillas, que si se guardan en un mapire no germinan y terminan secándose.

Aquella noche, antes de irse al chinchorro, Francisco fue a conversar con su nieto. Le encantaba mirar el rostro del chamo. Era como verse reflejado en las aguas transparentes del río. Pero ya se había dormido. Sin hacer ruido, se fue a conversar con los sapos. En el silencio y la obscuridad del cielo de Achaguas. Mañana le contraría un cuento a su mejor cosecha.

Publicado en EL NACIONAL, el 09-12-88, pág. A-4