En "La balalaika", una taberna de Kiev, donde se reúnen
dramaturgos, melómanos y literatos para hablar pendejadas, se comenta la noticia
proveniente de Tashkent, Uzbekistán (AP), según la cual el parlamentario Vladimir
Isaakov acusó a Boris Yeltsin, Presidente de Rusia, de beber en exceso.
Inicia la conversa Kiril, un escritor que vivió muchos años en
Caracas, que disfruta mucho los artículos de José Ignacio Cabrujas, con una pregunta:
- Mira, tú sabes que aquí, como en todas partes, los políticos se acusan unos a otros,
e inventan mil cosas que no son verdad. Fíjate que hasta Gorbachov, un estadista
ejemplar, reconocido internacionalmente, que mereció el Premio Nobel de la Paz, fue
criticado por algunos compatriotas mezquinos...
- En mi opinión - intervino Sergio - según he leído en algunos periódicos extranjeros,
en otras latitudes se acusa a los políticos de mujeriegos, de corruptos... hasta de
pargos.
- De acuerdo -interrumpió Dimitri- además ¿Quién puede criticar a un estadista, que
vive estresado por los problemas de su país, de tomarse unos tragos? Eso le sirve para
relajar el espíritu y mitigar la soledad...
- ¿Y Yeltsin toma encapillado?, preguntó Alejandro.
- Bueno, yo no sé, - dijo Nikolai -: a mí me dijo Sonia, una periodista de Pravda, que
según Isaakov, él se la pasa ebrio. Imagínate que en el avión presidencial que utiliza
para movilizarse dentro de Rusia, en vez de torontos, como dicen que era costumbre de un
Presidente venezolano, tiene una buena provisión de caña. Es más, el Jefe del Estado
ruso, asegura Isaakov, mide las distancias de sus viajes aéreos en botellas de vodka: de
Moscú a Leningrado, perdón, San Petersburgo, media botella; cuando los viajes son
largos, a París o Londres, tres cuartos de botella, y si viaja a Washington, fácil dos
botellas y media...