El sancocho

TEODARDO

La pesca no había sido del todo mala: tres pargos, dos lebranches y unos cuantos corocoros. Al llegar a la playa, ya Juancho tenía la olla montada con el agua hirviendo y las vituallas peladas para preparar el sancocho. Esperamos un rato hasta que llegó Goyo, con las botellas de ron y las barajas, para comenzar la partida de ajiley.

A las doce de la noche el cielo estaba encapotado. Todos estábamos bastante paloteados y con mucha hambre. Nos disponíamos a servirnos el sancocho cuando, de repente, se acercó a la fogata una bella mujer, alta, delgada, de piel trigueña, ojos grandes color de esmeralda, labios sensuales, larga cabellera negra, vestida de blanco con un atrevido escote.

La mujer, sin decir palabra, metió la mano en la olla, sacó un pedazo de pescado y se lo dio a Juancho.

La mujer tomó a Pancho de la mano y se lo llevó detrás de los almendrones. Los dos desaparecieron en la obscuridad de la noche...

De Pancho nunca más se supo nada. Los supersticiosos creen que la Chiguira se enamoró de él, y están viviendo su romance en un castillo de corales en el fondo del mar. Los tramposos aseguran que este fue otro de sus trucos para no pagar las deudas de juego.

Publicado en EL NACIONAL, el 18-10-91, pág. A-5