El bulevar de los erizos
TEODARDO
Aturdido por el olor de pescado en descomposición y el reclamo persistente de su conciencia, el magistrado recorrió el bulevar de los erizos, cargando los monstruos silenciosos de los remordimientos. No lo desamparaba la idea fija de la sentencia inicua de haber condenado a cadena perpetua a un joven inocente.
Todo fue por el afán de lucro. No le importó su injusta decisión. Eso era lo de menos. Después de todo, esas se archivan en carpetas cuidadosamente clasificadas, selladas y rotuladas, que luego se extravían o las consume el fuego.
Aunque distante, en París, disfrutando del dinero mal habido, el juez olió de nuevo la fetidez de los pescados muertos del bulevar de los erizos. Con un comportamiento desesperado, casi iscariotesco, agarró un lápiz labial de su mujer, escribió en el espejo del baño "La ira de Dios" y se disparó un tiro en la boca.
Su esposa asistió al entierro de lo que quedó del magistrado. Allí se encontró con los de su misma clase: los que gobiernan y dan instrucciones a los jueces. En la casa mortuoria se lucieron los más recientes diseños de la moda. Se contaron los últimos chismes políticos. Se habló de la bolsa, de la cotización del dólar y de los planes del nuevo gobierno. Algunos criticaron la insana conducta del injusto juez que en el suicidio había encontrado sosiego a su crimen.
Publicado en EL NACIONAL, el 19-01-89, pág. A-6