El abuelo corso
TEODARDO
El viaje a Córcega tenía un propósito sentimental: conocer la tierra de mis antepasados de origen europeo. Deseaba visitar la isla donde está una parte de mis raíces. Especialmente me interesaba caminar el pueblito donde había nacido el abuelo paterno.
En Luri encontré la solidaridad fraternal que une a los nacidos en esa hermosa isla mediterránea. Orgulloso de ser su nieto, recorrí de Norte a Sur el suelo donde vivió el abuelo hasta que decidió venirse a Venezuela.
Comimos cabrito con papas asadas y ensalada verde. Escanciamos dos botellas del excelente Costa Nera, de los viñedos de Porto Vecchio. Después vinieron los quesos. Aún recuerdo el sabor de los elaborados con leche de cabra. De despedida brindamos con una grappa añeja: Por el abuelo, por papá y por mí. ¡Bendito sea Dios que creó la vid y le dio al hombre la sabiduría para extraerle el espíritu, para deleite de los corazones alegres!
Mientras el avión se alejaba de Ajaccio, rumbo a París, las lágrimas de dicha brotaron espontáneamente. El abuelo corso me había dejado de herencia su sangre y eso me hacía muy feliz.
Publicado en EL NACIONAL, el 08-08-88, pág. A-4