Estoy de acuerdo contigo: los cogollos son antidemocráticos; sin embargo, hay uno que
nos conviene que siga funcionando como lo ha hecho por siglos.
¿A cuál te refieres?
Al colegio cardenalicio, el que elige al Santo Padre. Fíjate que todos los
cardenales los nombra, a dedo, el Sumo Pontífice; y cuando hay que elegir un nuevo Papa,
el cogollo se reúne, secretamente, y, obviamente, uno de sus miembros es el sucesor de
San Pedro.
Bueno, eso es verdad, pero ¿te imaginas lo complicado y costoso que resultaría si
todos los católicos del mundo eligieran democráticamente a su jefe?
¡Claro! Además, si el proceso de elección fuese por votación popular, sería muy
difícil, por no decir imposible, que un purpurado de un país subdesarrollado fuese
papable. Con toda seguridad siempre ganarían los prelados que representan a las naciones
poderosas.
Tienes razón, y gracias al cogollo cardenalicio, existe la posibilidad, aunque remota,
de que tengamos un Papa venezolano, senegalés o gallego, ¿por qué no?