Allegro, ma non tanto
TEODARDO
A la primera esposa de Juan Sebastián le encantaba que su marido le tocara la mazurca. J.S., por supuesto, se entretenía con su órgano y se hacía el Pergolesi. Lamentablemente, ese primer matrimonio no duró mucho. Su mujer, que no se creía los cuentos de Hoffmann, se gastaba la quincena en costosos vestidos, como si su esposo tuviera todo el oro del Rin. Así que una noche en el monte calvo, obstinado de ser Paganini, Juan Sebastián pasó a formar parte del gremio de los conyugicidas.
La segunda esposa era una walkyria. Sólo le interesaba el divertimento en el cuarteto y la música de cámara. Se divertía mucho tocando el fagot. Por las noches, después de una cena romántica, (¿barroca?) le decía a su marido al oído (para que no se enterara la cachifa): "¿J.S., tienes el instrumento bien temperado?", como si fuese un clavecín cualquiera. Cuando viajaron a Italia al carnaval romano y Juan Sebastián la regañó por quitarse el anillo de los Nibelungos, ella, haciéndose la Palestrina, le contestó, desvergonzadamente: "Cosí fan tutte J.S., cosí fan tutte". Esto le disgustó mucho al compositor. Sin embargo lo que no pudo soportar Juan Sebastián fue cuando su consorte regresó una madrugada, con unos palos encima, y en forma alegretta le dijo que lo que más le había gustado de los italianos era la forma como interpretaban a Stravinski, especialmente "El pájaro de fuego". Al oír esto, J.S., enfurecido, empezó a gritarle: ¡Traviata, Boheme, Zíngara, Chacona! y con un cascanueces le dio un pizzicato, tan forte pero tan forte, que rondó por el piso. Al día siguiente se ahogó en una de las fuentes de Roma.
La tercera esposa de Juan Sebastián era una prima donna: patética, moderata, siempre con la pandereta lista para el concerto grosso. Carmen fue para J.S., su Bolero, su Petrouchka, en fin, su amor brujo. Pero no todo en la vida es andante con moto. Una tarde, después del piano forte (Así hablaba Zarathustra), un cazador maldito, en los bosques de Viena, le disparó al lobo del cuento sinfónico de Prokofiev, con tan mala suerte, que la bala, en lugar de darle al animal, le puso fin a la vida de la artista. Para J.S. esa fue una triste partita.
Publicado en EL NACIONAL, el 29-05-87, pág. A-6