A mi muchacho, curas alebrestados, no enredarlo en rollos revolucionarios
TEODARDO
Desde que Francisco se fue a Caracas no han vuelto las guacharacas. Ya tiene tres años en la capital. Está estudiando medicina en la Vargas. El muchacho se ha enseriado. Vive en una pensión a dos cuadras de una estación del Metro. Come una vez al día. La teología de la revolución, esa que defiende el padre Sosa, lo tiene austero. Me recuerda a Juan, El Bautista, que vestía pelos de camello, se alimentaba de miel silvestre, decía la verdad y le cortaron la cabeza.
Francisco dejó de parrandear y a lo mejor se mete a cura. Eso me preocupa pues yo lo quería casado con llanera. Pero uno los cría y Dios los guía. El siempre quiso ser cristiano. Allá él. Hizo amistad con algunos del grupo Gumilla. Esos jesuitas son una vaina. Segurito que lo convencen de irse a vivir en un barrio con los pobres. Lejos del Metro. Su meta fue siempre trabajar por los oprimidos. Parece marxista el muchacho.
¿Por qué hay que tomar el Evo tan en serio? ¿Acaso Jesús no se echaba sus vinillos de vez en cuando?
Bueno, que sea lo que Dios quiera. Total, cada quien con su vocación. La de Francisco es muy exigente.
Aquí, en Achaguas, la vida sigue igualita que cuando Leoni. Me estoy poniendo viejo y sentimental. Me hace falta mi muchacho. Me estoy quedando íngrimo y solo. Hasta las guacharacas se fueron.
Publicado en EL NACIONAL, el 09-06-85 pág. A-5